miércoles, 1 de enero de 2014

Confesiones de una "ñoña"

Confieso (no sin un montón de vergüenza) que soy una ñoña; pero no una cualquiera, soy una ñoña con hartos deseos de convertirme en una femme fatale.
Claro está, que para dar ese gran salto se necesita un trampolín enorme, y creo que siempre he sabido lo lejos que estoy de sufrir esa metamorfosis... Bueno, en realidad no estoy tan lejos, sólo que cuando lo he logrado (o me he percibido muy cerca), es cuando sólo hay una persona a mi lado que puede presenciar el "milagro", y generalmente uno no deja vestigios de esos acontecimientos (más que el recuerdo y las risas picaronas entre confidentes).
Todo esto viene a cuenta de "Diablo guardián" de Xavier Velasco, un increíble libro que me fue obsequiado en el intercambio navideño de la empresa donde trabajo. Debo agregar que he tomado la manía de leer sólo durante mi viaje en metro (de ida y vuelta) cada libro que me ha caído en las manos, y con éste no ha sido la excepción. Cada vez que Violetta (la protagonista) narra sus peripecias para pasar de ser una ñoña a convertirse en una mujer inconveniente, me vienen a la mente las cientos de veces que he soñado con lo mismo, y recibo bofetadas ligeritas con olor a libro nuevo de sus comentarios filosos respecto a situaciones o pensamientos de los que he sido participe.
Cuando me apresuro a descender del metro con varias páginas adelante ya leídas, me imagino que soy como ella y tengo las agallas de tomar mi vida por los cuernos y hacer lo que me plazca. Luego me acuerdo que aún creo en los cuentos de hadas, en los finales felices, legales y correctos, y me pregunto que tan invisible es la línea entre ser una piruja y una tramposa profesional.
Como un mes antes de que terminara el año, me propuse no volver a ser el patito feo, y salir de una buena vez de esa depresión post-post rompimiento que traía arrastrando como una maleta llena de cosas inservibles. Comencé a maquillarme y a vestirme más como mujer moderna y menos como niño de 10 años con bicicleta nueva, pero debo confesar que me asusta lo que conlleva volverse visible para el mundo, porque no me pasan desapercibidos los halagos y miradas (que antes no volteaban), ni los comentarios un poco envidiosos de quien antes me consideraba una fachosa irremediable.
Al principio sentía que con cada capa de maquillaje se me morían mas neuronas que fumando marihuana, y que yo, que siempre me he jactado de ser muy simple y hasta tímida, me volvía una coqueta irremediable dispuesta a todo por la atención de los otros (principalmente hombres).
La atención es algo muy cabrón que no sé cómo manejar, es como una droga de la que me vuelvo adicta al instante, y sólo puedo pensar en conseguir más y de mejor calidad.
Después de un par de semanas de delirios, recordé que por más fatale que quiera ser, soy sólo yo, con lo guapa o gacha que me caracteriza (depende del espejo, del humor y del clima), y que valen gorro los halagos si al final no me siento feliz conmigo misma (aunque suene a lección barata de libro de auto-ayuda). Recordé que si quiero puedo ser una canija, que ya he sido cabrona antes (a mi nivel, claro está) y que no siempre resulta ser lo más emocionante o gratificante. Recordé entonces que disfrazarse de otra no es negarse a una misma, sólo es jugar un papel que tenías guardado en tu repertorio.
Quiero volver a jugar a ser sensual y divertida, quiero dirigirme más hacia mi libertad y no hacia el compromiso. Sé que uno de mis grandes problemas es que me enamoro con tanta facilidad que me asusta, pero por intentar no se pierde nada, ¿cierto?

martes, 30 de julio de 2013

La cueva de Perséfone (fantasía guiada)

Mi bosque es un lugar grisáceo, de altos pinos inmóviles, susurros cantantes y caminos ligeramente empedrados y sinuosos. Yo corro feliz por el camino, descalza y sonriente, acariciando cada rama y tronco fértil a mi paso. Estoy vistiendo un vestido corto color blanco y me siento en paz conmigo misma, aunque un poco inquieta: ¿Qué habrá más allá del bosque?

De pronto lo descubro. Llego al final de mi sendero y el bosque se corta por una barrera recta y marcial de pinos completamente derechos, dando la sensación de precipicio, dejando ver frente a ellos un campo verde brillante de pasto perfectamente recortado, y más allá, la insinuación de un sembradío. A mi izquierda, se ciñen dos pequeñas montañas entrelazadas que muestran un camino pero no hacia dónde conduce, y yo, sin aliento pero curiosa, me despego lentamente de mi bosque y comienzo a caminar hacia el misterioso sendero. 

De pronto me topo con un camino angosto y ondulante que parece jamás acabarse, pero en la última vuelta cerrada, se muestra ante mí el enorme campo que había oculto tras esas pequeñas montañas, y me sorprende enormemente ver a mi izquierda la continuación de mi bosque, perfectamente delimitado; bajo mis pies, el mismo pasto brillante y recortado extendiéndose majestuoso, y a mi derecha, en todo su esplendor, un inmenso sembradío de doradas espigas danzantes... Entonces la noto, frente a mi, a muchos metros de distancia, una increíble montaña verdosa llamándome a subirla.

Aún no estoy del todo segura, pero comienzo a avanzar a sabiendas de que mi bosque sigue a mi lado, pero apartando la vista de vez en cuando para admirar la belleza del campo de espigas que parecen suspirar a cada movimiento. Mientras más me acerco a la montaña, mejor puedo visualizar su hermosura: Es una montaña fértil, rodeada por un camino en espiral que conduce matemáticamente hasta la cima, hecha de tierra húmeda y brillante y cubierta de tímida vegetación azulosa. Al llegar a la base del camino, las piernas me tiemblan y tengo que sostenerme de ella para no caerme, pero al notar su calidez y la textura de sus plantas, me siento confiada y comienzo a subirla a paso seguro. Adoro cómo se siente la tierra firme y oscura entre los dedos de mis pies descalzos, y cómo se enredan entre mis manos las plantitas juguetonas que la rodean mientras yo las acaricio a cada paso.

Después de mucho subir, giro la vista y alcanzo a visualizar mi bosque, el campo y el sembradío bajo mis pies, extendiéndose casi hasta el final de la tierra; pero más allá, hasta el borde de mi bosque, alcanzo a ver un pedacito de mar en plácida calma, dorado por la puesta del Sol y tintineante por el cambio de luz. Aún allá arriba, a la mitad de la montaña, puedo escuchar a las olas golpear contra la playa, una playa lejana e invisible para mí.

El poder presenciar ese espectáculo me asombra, así que comienzo a subir el camino corriendo, esperando volver a ver el mar a cada vuelta que doy; pero después de un par de vueltas, me topo con que el camino se ha terminado, ya que he llegado a la cima de la montaña, y frente a mí, flotando en el aire, se alza un inmensa puerta blanca, finísima, angosta y muy alta, cuyo interior se asoma oscuro y penetrante. Sin poder evitarlo, casi hipnotizada, atravieso la puerta sin dejar de admirarla.

En el interior de la montaña, el camino se vuelve muy pequeño y yo tengo que andarlo a gatas. Puedo notar que ahora visto una especie de bata de hospital (como la de Evey en V de Venganza, pero color blanca) y que la tierra está muy húmeda y se queda pegada en mi piel, sin embargo, el camino está iluminado por gemas brillantes incrustadas en las paredes de la cueva, y aunque el camino es largo y yo tengo frío y estoy un poco asustada, continúo andando en espera de encontrar una salida.

Después de lo que me parece una eternidad arrastrándome en la tierra, encuentro el final de ese tramo de la cueva y en él, una escalera blanca, angosta y larguísima que parece flotar en la nada, y que tengo que colocarme de frente a ella para poder bajarla sujetándome fuerte con pies y manos.
A cada paso que doy parece que la escalera se alarga más y más, pero al final, me deja en el suelo de un pasillo extenso que está iluminado por una lejana luz que se encuentra al final del mismo. Me da algo de miedo soltar la escalera, pero algo me dice que ya no tiene nada para mí, así que le doy la espalda y comienzo a caminar hacia esa luz fría y parpadeante.

Al acercarme más a esa luz, puedo distinguir que proviene de una lámpara alta y plateada cuya pantalla tiene forma de cuerno, que en su extremo puntiagudo está sujeta a un tubo delgado y que no está conectada a ningún sitio. Por un segundo, me quedó admirando esa luz que no me enceguece, sintiéndola casi familiar. Miro hacia atrás, y veo la escalera que ya no parece tan alta, y de pronto, se abre otro pasillo hacia mi izquierda, pero totalmente oscuro; entonces me alargo hasta el tamaño de la lámpara, tomo el cuerno y comienzo a girarlo para zafarlo de su base. Al tenerlo, vuelvo a mi tamaño y comienzo a caminar por ese nuevo pasillo llevando el cuerno bajo el brazo para que me ilumine. Mientras camino, comienzo a notar cómo el cuerno empieza a torcerse lentamente, y como su luz comienza a desaparecer porque al fondo, puedo ver la salida de la cueva.

La luz del nuevo día si me enceguece por completo, y durante mucho tiempo no puedo ver más que su brillo a través de mis párpados cerrados; pero cuando ese momento termina, puedo ver claramente lo que se extiende a los pies de la montaña. La puerta de la cueva ha desaparecido, el lodo se ha limpiado de mi cuerpo, ahora estoy vistiendo un largo y ondulante vestido blanco, traigo el cabello recogido y en la mano izquierda el cuerno totalmente retorcido por la punta. Puedo admirar el paisaje conocido con un respiro de alivio y confianza, y tomo el sendero de bajada casi corriendo, llegando pronto a ese campo brillante que no ha cambiado en nada; también lo recorro deprisa. Cruzo el sendero entre las pequeñas montañas y llego a mi bosque, que me recibe con un viento ululante y el ligero danzar de los pinos en armonía. Recorro su camino de regreso rozando con el cuerno cada árbol a mi paso, y en él se van depositando frutos del bosque, hojas y ramitas que al final lo van llenando. 



Al término de ese camino hay un claro en medio del bosque, y yo me tumbo satisfecha en ese pasto suave y ruidoso mirando hacia el Sol de mediodía.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Sin previa cita

- Mírame, ¿A qué me has llamado?
- ...
- ¡Contesta!
- Es que yo no te llamé, tú, como siempre, has venido por tu cuenta.
- Vale, qué carácter... pero ni creas que ha sido porque te extraño.
- No para nada, si ya no sientes nada por mí, ¿cierto?
- Tú no entiendes nada, ya me cansé de estártelo explicando... lo que ha pasado entre nosotros es más complicado que eso.
- Lo que ha pasado es que te encanta complicarlo todo.
- Al menos intento no ignorar mis sentimientos, o fingir que no sucedió... eso.
- Eres como una niña, haciéndote la mártir y la protagonista de todo.
- Y eso que te encantaba mi forma de ser...
- ... eso no tiene nada que ver. Claro que me gustas.
- Ya no me lo creo.
- ¿Por qué siempre es así contigo? ¿Por qué tiene que ser todo o nada?
- ¡Porque yo te lo di todo! Al menos esperaba un poquito de... ay olvídalo, tú eres el que se porta como un niño, como ya no te gustaron las reglas del juego, ya no quisiste seguir jugando, ¿no?
- ...
- La verdad, es que sólo quería decirte que me cansa estar así, siempre enamorada del recuerdo de un ser que ya no me ama... o como al principio, suspirando por alguien que ni se ha dado cuenta de que existo.
- Eso no es cierto, y lo sabes. Yo te... yo te amaba mucho, pero...
- ... se acabó. Se acabó el encanto, la dicha de vernos, la dulzura de mis labios, tus ganas de poseerme... se acabó lo poquito que fuimos.
- Mis ganas de ti nunca se acabaron...
- Pero las mías sí. Se extinguieron justo cuando me dijiste adiós... no así mis ganas de amarte.
- Podría haber funcionado, si tan sólo...
- Olvídalo, ya no tiene sentido ni imaginarlo. ¿Crees que podríamos al menos...?
- Cállate, y ven a abrazarme que tengo mucho frío. 

martes, 25 de septiembre de 2012

Sólo para mí

El tren siempre pasa por las mismas cicatrices del terreno, y ahora, silba más fuerte que nunca, como en un grito sin voz que reclama tu presencia, o en un mensaje final de dolorosa despedida. Tal vez ahora ya no lo escuchas, no lo sé.

Confieso que es un alivio saber que ya no te encontraré caminando por las mismas calles; has cerrado correctamente un ciclo que parecía interminable. Tu recuerdo apenas y me alcanza en días nublados como este, donde de pronto aparecieron nuestras últimas palabras; casi puedo decir que me alegró leerlas, o por lo menos, que me ayudaron a comprender que no nos debemos nada, que hemos quedado libres el uno del otro. Ignoro si eso significa algo para ti, pero para mí equivale a una revelación y un gran consuelo.

Si en algún momento te has vuelto a pasar por aquí, seguramente pensaste que no es muy sensato que conserve Hope Leaves o la “J”, y sólo te diré que decidí ignorarte porque son parte de mí tanto como lo son cada palabra publicada. No me imagino siquiera lo que estarás haciendo ahora, o si en realidad quiero saberlo, pero me sorprendí deseando de corazón, alma y pensamiento, que la vida esté siendo muy grata contigo.

Al perderte, afortunadamente, no me he perdido yo, es sólo que me ha costado reconstruir lo que quedó en escombros. No fuiste tú la causa de la “Gran demolición”, pero tu ausencia ha sido, sin ofenderte, una enorme bendición. Tal vez sea cierto y ya jamás vuelva a verte, lo único de lo que estoy segura es que he roto mi promesa, y las palabras que adornen tu último lugar en el mundo, ya no seré yo quien las escriba.

viernes, 31 de agosto de 2012

Fugarse de noche

Un día volaré lejos, ¡lejos!, muy lejos de aquí.
Lejos de mi país, de mi planeta, de mi cuerpo y de mi espíritu quizá.
Despertaré en el regazo de una estrella, convertida en polvo galáctico, en espora universal.
Seré visible sólo para los telescopios, manejados por mirones indecentes que no creen en la estelar privacidad.
Venceré mi miedo al espacio, a la noche eterna y a sentirme diminuta ante la inmensidad.
Podría convertirme en cometa, y adornar con mi estela mi viaje sideral; o ser menos vanidosa e impactar cual meteorito en un cráter lunar. 
Estoy segura de que sería un gran hoyo negro, que insaciable devoraría cada sueño atesorado en el manto universal.
Podría hacer explosión en las entrañas de la Tierra, bombardearla fugazmente o invertir su gravedad.
Sé que podría hacer muchas cosas, si tan sólo volara lejos de este lugar... 

miércoles, 16 de mayo de 2012

Ausente, aunque no quiera.

En mi afán de ser siempre tuya, me libré incluso de mis propios deseos, esos irrefrenables anhelos que no me dejaban dormir por las noches. Me negué a mi misma como si fuera obra de un satán descontrolado, blasfemo y terriblemente ingrato. ¿Cómo suponer que algún día ya no sería de tu agrado? 

Recuerdo mis interminables luchas internas por no actuar sólo para complacerte, por conservar la poca autonomía que me había dejado tu herencia (que aún no sé si maldecir o venerar); recuerdo que miraba con lástima y hasta recelo a aquellos que cumplían en la escuela para recibir una mirada de aprobación de tus iguales. Siempre creí que si me esforzaba exclusivamente para mí, no tendría que rendirle cuentas a nadie, que era libre y que esa libertad me hacía diferente. Nunca me di cuenta de que mis alas te pertenecían de una manera más perversa, y peor aún, que yo te las había entregado alegremente bajo la premisa del amor y la aceptación incondicional.

Desde el primer día de este año en curso, incluso antes de la noticia de mi medio hermano muerto, algo me decía que sería un ciclo de cambios y de revelaciones. Nada más revelador para mí que el conocimiento de ese lazo enfermo que nos tiene atadas desde hace tanto tiempo. Yo tomé un papel que no me correspondía en lo absoluto, la actitud de quien niega su edad y su género para convertirse en el suplente de alguien que no es suplantable. Tú optaste por tenerme cerca de tí por capricho o tal vez por soledad; tu incipiente capacidad de involucrarte con otros nos orilló a relacionarnos de una manera incorrecta, dañina e incluso violenta (al menos para mí, porque me encontraba en desventaja).

A pesar de todo, pienso que no tiene caso culpar a nadie, pues también tú fuiste víctima de las circunstancias, e imagino que tus opciones se redujeron a aferrarte a la única persona que tenías cerca, alguien que podías manejar a tu antojo y que igual que yo, pensaste que esa relación funcionaría perfectamente hasta el fin de los tiempos. Fue muy estúpido creer que nuestra dinámica era la adecuada, que el denominarnos "amigas" no significaba estar negando lo que en realidad somos.

Hasta hoy las cosas siguen bastante rotas, y aunque guardo la esperanza tonta de que nos adaptemos en lugar de fingir que todo sigue igual, estoy decidida a no ceder ante los recuerdos y el sentimentalismo que a veces me invade. A final de cuentas has sido la primer persona a la que he amado, aunque tal vez no fue la decisión más acertada.

lunes, 9 de enero de 2012

Lazos de sangre

La fatalidad siempre llega de un modo inesperado. El día en sí no es importante, pues la muerte tiene la maña de hacer acto de presencia cuando le da la gana, sin aviso, sin siquiera una mínima advertencia.

Yo no lo conocí, apenas sé de su existencia por una suerte de chismes y susurros. Ni siquiera sé cómo diablos se escribe su nombre, así que podría decir que él es uno de los múltiples rompecabezas que he armado en mi mente sobre alguna persona. Lo único que tengo muy claro sobre su vida es aquello que nos une, y que irónicamente es la misma razón que nos separa.

En este momento, nuestro padre se encuentra en la terrible situación de tener que reconocer su cuerpo en el ministerio público, y por si fuera poco, lidiar con la noticia de que su primer hijo se ha suicidado. Desgraciadamente, ellos no se hablaban desde hacía varios años, y ante todo, siento una gran preocupación por mi padre, quien en este momento tampoco me dirige la palabra.

He batallado todo el día con cientos de pensamientos que no van a ningún lado, y me inunda una pena enorme por aquel hombre del que no conozco ni su rostro, pero que por alguna razón forma parte de mi vida. Muchas veces traté de imaginarlo, e incluso podía sentir cómo si él también pensara en mí, y creé una historia alrededor de su persona de la que ni siquiera fui espectadora.

Me hubiera gustado decirle que comprendía su situación, que yo también era la hermana mayor de una familia de tres y que sabía perfectamente lo duro que era tratar a nuestro padre, y confesarle que él lo extrañaba muchísimo, aunque por orgullo o temor al rechazo no se atrevía a buscarlo. Me hubiera gustado decirle que yo también pensé en el suicidio, y tratar de ayudarlo para que no se hiciera daño. A él más que a nadie me hubiera gustado conocer.

Siento que no tengo derecho a lamentar su muerte, que si me presentara a su funeral sus amigos y su familia me mirarían con desprecio, como si mis lágrimas fueran hipócritas y no fuera digna de acercarme a él, aún en este momento, cuando él no puede ni dirigirme una mirada.

Siento como si una parte de mí se hubiera muerto con él, y no puedo evitar pensar en qué tan triste o solo se ha de haber sentido como para quitarse la vida. ¿Habría hecho alguna diferencia si me hubiera aparecido en su camino? ¿Pensó alguna vez en mi existencia? Es asfixiante tener tantas preguntas que no tendrán respuesta, pero lo que más me atemoriza es pensar cómo serán las cosas después de su partida.