¿Cómo escribir si no tengo las palabras correctas? ¿Cómo si me perdí esta noche porque las horas me fueron insuficientes?
Con ojos abiertos fui acosada por sueños y astillas, que se encajaron en mi mente y me dejaron sorda, mareada y mal herida.
El tren pasó después de la hora convenida, para ofrecer la despedida a mi amante invisible, a sus caricias de humo y a su aliento imaginario. Adiós a su cuerpo transparente, a los latidos de su corazón inexistente, a las hebras de su cabello de noche, sus ojos de claro, su piel de cuarto menguante. Adiós a las noches serenas, a los sueños vacíos y los días sin alma. Adiós pues a mi calma, a mi camino a solas, a mi voz sin tu nombre, a tu piel sin la mía.
miércoles 25 de noviembre de 2009
martes 17 de noviembre de 2009
Frío
Se me hizo poco el tiempo que estuvimos juntos,
en que pudimos compartir aliento y risas;
tu cuerpo a mi lado, rodeando el mío, entrelazado a mi ...
un hermoso sueño que quisiera siempre repetir.
Me duele la distancia, me duele tu voz lejana,
no poder tocar tu rostro cuando me plazca.
Me duele no escucharte reír, no ser tu abrigo, tu vaso de alcohol.
Me duele aunque falta poco, aunque tres días supieron a un año de idilio,
aunque tus versos viajan hasta mi, y tu música atraviesa mis oídos.
La noche es fría, y yo te amo demasiado.
Quisiera nunca despedirme de ti,
no dormir si es necesario para mirarte en la penumbra,
¿Es esto amor o locura?
El uno roza con la otra como en un baile en decadencia,
como mi razón danza al filo del precipicio cuando te siento lejano,
como ahora.
Para el mejor fin de semana de mi vida.
sábado 24 de octubre de 2009
¿Hasta siempre?
Vengo de una travesía frenética por el centro de Guadalajara, donde cada una de las tres horas que pasé ahí jamás vi cumplido mi deseo de que lloviera. Ahora los nubarrones acechan la ciudad por mi ventana. Bienaventurado el que está bajo techo.
Ahora bien, lo que me trae aquí es una simple necesidad de desahogo. Ya cuento los días para volver a casa (hogar suena muy cursi), las semanas que faltan para despedirme (quizá / lo más probable) parcialmente de aquí, de sus calles extrañas e incómodas para caminar, de su clima caluroso, de su gente francamente difícil de tratar (vale, la extranjera soy yo :P), y de las tortas ahogadas.
La señora con la que vivo me dijo que iban a extrañarme (su familia y ella, supongo), pero que yo también los extrañaré (suena a maldición, ¿a que si?), y me quedé pensando qué tan fuerte podría ser ese sentimiento. Es decir, han sido dos años que se me han ido bastante a prisa, donde creo yo que he aprendido muchísimo, tenido de experiencias a más no poder, reído, llorado, disfrutado y padecido.
A final de cuentas todo esto es parte de un proceso (de crecimiento me imagino, ¿o yo qué coños sé?), y que extrañe o no este sitio y lo que él conlleva dependerá del tiempo, de mi situación después de, de qué tanta falta me hará ver a la gente a la que estimo (léase: profesores, amigos y conexos), o de cualquier otro factor que por ahora escapa a mi imaginación.
Sé que añoraré esta habitación que pinté de rojo, puesto que ya la sentía como mía; pensaré seguido en las diferencias que hay entre la comida de mi madre y la de la mamá de a "mentis"; en todos los lugares bonitos que nunca pude fotografiar; en todas las cosas que me sucedieron aquí, en el centro, en la central, y en otros lugares que no mencionaré porque quien debe, sabe a qué me refiero.
Aún no canto victoria, puede que en el último momento me digan "siempre no" y tómala que me dejan aquí varada con todo y cosas :P (papá: si te creo capaz), pero la esperanza de ver amanecer muy pronto en el lugar que tanto amo, me da nuevas alas y renueva mis ganas de gritar:
Ahora bien, lo que me trae aquí es una simple necesidad de desahogo. Ya cuento los días para volver a casa (hogar suena muy cursi), las semanas que faltan para despedirme (quizá / lo más probable) parcialmente de aquí, de sus calles extrañas e incómodas para caminar, de su clima caluroso, de su gente francamente difícil de tratar (vale, la extranjera soy yo :P), y de las tortas ahogadas.
La señora con la que vivo me dijo que iban a extrañarme (su familia y ella, supongo), pero que yo también los extrañaré (suena a maldición, ¿a que si?), y me quedé pensando qué tan fuerte podría ser ese sentimiento. Es decir, han sido dos años que se me han ido bastante a prisa, donde creo yo que he aprendido muchísimo, tenido de experiencias a más no poder, reído, llorado, disfrutado y padecido.
A final de cuentas todo esto es parte de un proceso (de crecimiento me imagino, ¿o yo qué coños sé?), y que extrañe o no este sitio y lo que él conlleva dependerá del tiempo, de mi situación después de, de qué tanta falta me hará ver a la gente a la que estimo (léase: profesores, amigos y conexos), o de cualquier otro factor que por ahora escapa a mi imaginación.
Sé que añoraré esta habitación que pinté de rojo, puesto que ya la sentía como mía; pensaré seguido en las diferencias que hay entre la comida de mi madre y la de la mamá de a "mentis"; en todos los lugares bonitos que nunca pude fotografiar; en todas las cosas que me sucedieron aquí, en el centro, en la central, y en otros lugares que no mencionaré porque quien debe, sabe a qué me refiero.
Aún no canto victoria, puede que en el último momento me digan "siempre no" y tómala que me dejan aquí varada con todo y cosas :P (papá: si te creo capaz), pero la esperanza de ver amanecer muy pronto en el lugar que tanto amo, me da nuevas alas y renueva mis ganas de gritar:
¡HE VUELTO!
lunes 14 de septiembre de 2009
Madrugada
¿Por qué sigo soñando contigo?
En esta cama infinitamente blanca, atada a lo que parece una condena, despierta por la sed que me atosiga a altas horas de la noche, sorda por la conmoción de las pesadillas; agitada, sudorosa, asustada (¿por qué no?).
La habitación parece suspendida en el etéreo resplandor de la Luna llena; no hay sonido alguno en esta noche plateada, y por un segundo siento que moriré en el vacío, hasta que logro percibir un borboteo desesperado (¿qué es?)... el aire intentando entrar por mi garganta.
Siento las lágrimas correr por mis mejillas y empapar mis oídos al final de un rato. Agito la cabeza intentando secarlas, pero apenas consigo disiparlas. ¡Cómo quisiera poder frotarme los ojos! (sería tan bueno...), pero sólo me queda gritar en esta noche sin alma (¡de prisa! no tengo mucho tiempo).
Alcanzo a escuchar sus pisadas presurosas, el tintinear de las veinte llaves que cuelgan de su cinturón, sus movimientos torpes al intentar abrir la puerta, y la leve maldición que lanza cuando todas ellas caen al piso provocando un estruendo que quiebra la tranquilidad del pasillo.
Casi puedo reírme de la situación, pero la risa no brota esta vez, sólo suspiro y con una mueca lo saludo al verlo entrar (qué bueno que llegaste).
Él si sonríe, en su típico gesto dulzón y adormilado, ese que siempre tiene para las emergencias de más de media noche. Pregunta muy bajito si ha sido el mismo sueño (¿acaso hay otro que te haga venir corriendo?). Sí, ha sido el mismo, contesto en un susurro. De alguna forma, eso le tranquiliza; quizá sea porque sabe muy bien cómo controlar la situación (dame mi medicina viejo, déjate de charadas).
Al otro lado de la habitación, del único mueble que la decora además de la cama gigantesca, saca una jeringa y el pequeño frasco de contenido oleoso que cura mis malestares, pero que nunca ha logrado desaparecer los malos sueños (habrá que preguntarle si no hace falta más dosis...).
Me quedo quieta, tal como él lo pide, casi hipnotizada por la forma en que se vacía el frasquito, para luego deleitarme con el sumo cuidado con que despeja mi cuello, sujeta mi cabeza entrelazando sus dedos con las cortas hebras de mi cabello, penetra mi piel con la gruesa aguja, y me susurra al oído que todo estará bien, haciéndome cosquillas con sus labios.
Al terminar la operación, y mientras la mente se me va a blanco, se cerciora de que las heridas en mis brazos van sanando óptimamente, que las correas que sujetan mis muñecas no están demasiado apretadas, que todo está en orden, vaya. Pero antes de decir buenas noches ya me voy, algo en la ventana llama su atención casi asustándolo: al otro lado, un gato muy oscuro lo mira fijamente, como esperando a que salga, atravesándolo con sus ojos brillantes, sin parpadear.
Nervioso (sin duda) da un par de pasos hacia atrás y me mira, aliviado por el suspiro placentero que es mi repuesta a su despedida, y se va hacia la puerta caminando de espaldas, fijos los ojos en las pupilas de aquel felino estático, que al verlo partir salta desde la ventana al suelo, cayendo de pie, como si nada.
En esta cama infinitamente blanca, atada a lo que parece una condena, despierta por la sed que me atosiga a altas horas de la noche, sorda por la conmoción de las pesadillas; agitada, sudorosa, asustada (¿por qué no?).
La habitación parece suspendida en el etéreo resplandor de la Luna llena; no hay sonido alguno en esta noche plateada, y por un segundo siento que moriré en el vacío, hasta que logro percibir un borboteo desesperado (¿qué es?)... el aire intentando entrar por mi garganta.
Siento las lágrimas correr por mis mejillas y empapar mis oídos al final de un rato. Agito la cabeza intentando secarlas, pero apenas consigo disiparlas. ¡Cómo quisiera poder frotarme los ojos! (sería tan bueno...), pero sólo me queda gritar en esta noche sin alma (¡de prisa! no tengo mucho tiempo).
Alcanzo a escuchar sus pisadas presurosas, el tintinear de las veinte llaves que cuelgan de su cinturón, sus movimientos torpes al intentar abrir la puerta, y la leve maldición que lanza cuando todas ellas caen al piso provocando un estruendo que quiebra la tranquilidad del pasillo.
Casi puedo reírme de la situación, pero la risa no brota esta vez, sólo suspiro y con una mueca lo saludo al verlo entrar (qué bueno que llegaste).
Él si sonríe, en su típico gesto dulzón y adormilado, ese que siempre tiene para las emergencias de más de media noche. Pregunta muy bajito si ha sido el mismo sueño (¿acaso hay otro que te haga venir corriendo?). Sí, ha sido el mismo, contesto en un susurro. De alguna forma, eso le tranquiliza; quizá sea porque sabe muy bien cómo controlar la situación (dame mi medicina viejo, déjate de charadas).
Al otro lado de la habitación, del único mueble que la decora además de la cama gigantesca, saca una jeringa y el pequeño frasco de contenido oleoso que cura mis malestares, pero que nunca ha logrado desaparecer los malos sueños (habrá que preguntarle si no hace falta más dosis...).
Me quedo quieta, tal como él lo pide, casi hipnotizada por la forma en que se vacía el frasquito, para luego deleitarme con el sumo cuidado con que despeja mi cuello, sujeta mi cabeza entrelazando sus dedos con las cortas hebras de mi cabello, penetra mi piel con la gruesa aguja, y me susurra al oído que todo estará bien, haciéndome cosquillas con sus labios.
Al terminar la operación, y mientras la mente se me va a blanco, se cerciora de que las heridas en mis brazos van sanando óptimamente, que las correas que sujetan mis muñecas no están demasiado apretadas, que todo está en orden, vaya. Pero antes de decir buenas noches ya me voy, algo en la ventana llama su atención casi asustándolo: al otro lado, un gato muy oscuro lo mira fijamente, como esperando a que salga, atravesándolo con sus ojos brillantes, sin parpadear.
Nervioso (sin duda) da un par de pasos hacia atrás y me mira, aliviado por el suspiro placentero que es mi repuesta a su despedida, y se va hacia la puerta caminando de espaldas, fijos los ojos en las pupilas de aquel felino estático, que al verlo partir salta desde la ventana al suelo, cayendo de pie, como si nada.
domingo 30 de agosto de 2009
Insomnio
Esta noche me he perdido en la añoranza. Extraño a mares tu cuerpo, tu abrazo tibio y tu mirada misteriosa. Me tiembla el pecho al contemplar las horas que me faltan para verte, las noches que pasaré a solas hasta que pueda dormir a tu lado; el centenar de pasos que andaré en solitario, sin tu mano sosteniendo la mía.
Ando en un cuerpo sin vida, insatisfecha, vacía, atada a un presente que me obliga a divagar en el mundo imaginario de mis fantasías, deseosa de volar de una maldita vez ...
Es un día gris, siento el frío calarme y el aire atorarse en mi garganta.
Ando en un cuerpo sin vida, insatisfecha, vacía, atada a un presente que me obliga a divagar en el mundo imaginario de mis fantasías, deseosa de volar de una maldita vez ...
Es un día gris, siento el frío calarme y el aire atorarse en mi garganta.
domingo 23 de agosto de 2009
11:45
Esperando a que se enfríen el horno y el pastel recién hecho para poder irme a dormir, me he puesto a escuchar canciones románticas/corta venas como si no hubiera nada mejor que hacer ... pero la verdad es que en un domingo cualquiera, casi a la media noche, pocas son las actividades que se me ocurren, tomando en cuenta que todo el mundo está dormido, se han ido los buenos conversadores del msn y a la par, el sábado fue fatigante.
En conclusión: soy una ociosa cocinera con una larga lista de pendientes, pero nula emoción para empezarlos siquiera.
Dentro de pocas (muy pocas) semanas, terminaré los dos años de la carrera que elegí, me quedará sólo un mes más para el seminario de titulación, más unas cuantas semanas de espera para el (odioso) acto académico y patapum! habrá finalizado esta etapa (... o no?).
Una vocecita interna me dice medio desesperada: ¡Ponte las pilas, carajo!, pero no es suficientemente poderosa para llevar mi trasero hasta la mesa prestada de trabajo y enfocar mis pensamientos a las labores pendientes.
No, apenas y me distrae un poco.
Lo que se roba mi atención son las ganas de dormir, de no levantarme por muchas muchas horas y dejar atrás al mundo un momento ... pero no, así no funciono y vamos a seguir, sólo quería contar esto un día después de la muerte de mi madrina, que aunque me ha partido la noticia, se siente un alivio muy amargo, como si hubiese sido algo anunciado, algo que temía pasaría muy pronto, aunque jamás lo había pensado.
Quizá a eso se deba mi falta de atención hacia lo "importante", porque para mi, lo importante era estar en su velorio, abrazar a sus padres y a sus hermanos, llorar con mi madre y despedirme de ella, de la forma común en que uno hace, porque nunca tuvimos un lenguaje secreto, creo que ni siquiera tengo una foto de nosotras juntas además de las de mi infancia. No sé, ahora mismo no puedo ni recordar tantas cosas, momentos que compartimos que me parecen surrealistas. Quizá cuando lo asimile pueda decir cuánto me hace falta, hasta entonces ...
En conclusión: soy una ociosa cocinera con una larga lista de pendientes, pero nula emoción para empezarlos siquiera.
Dentro de pocas (muy pocas) semanas, terminaré los dos años de la carrera que elegí, me quedará sólo un mes más para el seminario de titulación, más unas cuantas semanas de espera para el (odioso) acto académico y patapum! habrá finalizado esta etapa (... o no?).
Una vocecita interna me dice medio desesperada: ¡Ponte las pilas, carajo!, pero no es suficientemente poderosa para llevar mi trasero hasta la mesa prestada de trabajo y enfocar mis pensamientos a las labores pendientes.
No, apenas y me distrae un poco.
Lo que se roba mi atención son las ganas de dormir, de no levantarme por muchas muchas horas y dejar atrás al mundo un momento ... pero no, así no funciono y vamos a seguir, sólo quería contar esto un día después de la muerte de mi madrina, que aunque me ha partido la noticia, se siente un alivio muy amargo, como si hubiese sido algo anunciado, algo que temía pasaría muy pronto, aunque jamás lo había pensado.
Quizá a eso se deba mi falta de atención hacia lo "importante", porque para mi, lo importante era estar en su velorio, abrazar a sus padres y a sus hermanos, llorar con mi madre y despedirme de ella, de la forma común en que uno hace, porque nunca tuvimos un lenguaje secreto, creo que ni siquiera tengo una foto de nosotras juntas además de las de mi infancia. No sé, ahora mismo no puedo ni recordar tantas cosas, momentos que compartimos que me parecen surrealistas. Quizá cuando lo asimile pueda decir cuánto me hace falta, hasta entonces ...
Nota final:
Detesto la forma fría en que mi padre me anunció cómo había fallecido Melba. Si alguna vez te toca contarle cosa semejante a una persona, no menciones vísceras ni estallar en la misma oración, ¡Por favor!
domingo 9 de agosto de 2009
Carta al león
Que si bien las cosas no terminaron como esperaba, y que quizá el daño fue más grande de lo que hubiese querido evitar, no me queda más que decir que lo siento, que en mis intenciones nunca se encontraron las de partir a hurtadillas y ocultarte ciertas cosas, pero te pido me comprendas pues la situación fue así, y lo pensé mucho (días enteros, noches completas), sin embargo, no hubo un plan que me guiará como yo quería, como te lo merecías.
Partí de tu lado un día, pero hacía tiempo que te anuncié mi despedida. Dijiste que en mis ojos ya no encontrabas el brillo que te atrajo hacia mi, que me notabas distante, perdida … ninguna clase de alarma fue suficiente para darte a entender que ya me iba.
Que te amé no te quede duda, que me amaste jamás lo cuestionaré, pero date cuenta que nos dejamos morir sin resistencia, que dimos por hecho muchas cosas y nos cansamos de preguntar si todo marchaba bien.
No quisiera separar nuestros caminos ni deseo olvidar lo que pasó (¿cómo olvidar tu mirada de niño, nuestras manos entrelazadas, los suspiros que sólo el viento escuchó, o las tardes lluviosas en que la vida nos sonrió?), por eso vengo en son de concilio, en busca de un tal vez o un hasta pronto, de la posibilidad de que algún día, cuando nos topemos en la calle, no tengamos que ser un par de extraños.
No pediré de vuelta las cosas que te he entregado, ni espero que tú pidas las que me obsequiaste, pues sería como exigir que me regreses el deseo, las lágrimas, los besos y los sueños que sólo a ti dediqué. A fin de cuentas eso ya es pasado, y será siempre parte de nuestra historia.
No sé a qué suena esta despedida, pues nunca creí decirte adiós, pero si al final me permites obsequiarte una última cosa, te diré que en mi memoria siempre serás el primero que me ha visto amanecer, y que gracias a ti es que tengo fe en mi misma, en que amanecerá al siguiente día, en que el amor lo puede todo, y que la felicidad no es una invención barata, pues alguna vez pude sentirla y lo volveré a vivir.
Éxito y paz es todo lo que te deseo, en espera de que no me olvides, como yo jamás te olvidaré.
Partí de tu lado un día, pero hacía tiempo que te anuncié mi despedida. Dijiste que en mis ojos ya no encontrabas el brillo que te atrajo hacia mi, que me notabas distante, perdida … ninguna clase de alarma fue suficiente para darte a entender que ya me iba.
Que te amé no te quede duda, que me amaste jamás lo cuestionaré, pero date cuenta que nos dejamos morir sin resistencia, que dimos por hecho muchas cosas y nos cansamos de preguntar si todo marchaba bien.
No quisiera separar nuestros caminos ni deseo olvidar lo que pasó (¿cómo olvidar tu mirada de niño, nuestras manos entrelazadas, los suspiros que sólo el viento escuchó, o las tardes lluviosas en que la vida nos sonrió?), por eso vengo en son de concilio, en busca de un tal vez o un hasta pronto, de la posibilidad de que algún día, cuando nos topemos en la calle, no tengamos que ser un par de extraños.
No pediré de vuelta las cosas que te he entregado, ni espero que tú pidas las que me obsequiaste, pues sería como exigir que me regreses el deseo, las lágrimas, los besos y los sueños que sólo a ti dediqué. A fin de cuentas eso ya es pasado, y será siempre parte de nuestra historia.
No sé a qué suena esta despedida, pues nunca creí decirte adiós, pero si al final me permites obsequiarte una última cosa, te diré que en mi memoria siempre serás el primero que me ha visto amanecer, y que gracias a ti es que tengo fe en mi misma, en que amanecerá al siguiente día, en que el amor lo puede todo, y que la felicidad no es una invención barata, pues alguna vez pude sentirla y lo volveré a vivir.

Éxito y paz es todo lo que te deseo, en espera de que no me olvides, como yo jamás te olvidaré.
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