Elena

Era el quinto día en que su asiento permanecía solitario, y él no podía evitar mirarlo con la esperanza de que al voltear, ella aparecería como por arte de magia. Pero en todas las ocasiones eso nunca ocurrió, así que decidió buscarla y acabar con sus dudas.

Cuando llegó al departamento 17, las manos comenzaron a sudarle, y tembloroso tocó el timbre. Su sonrisa se ensanchó al escuchar un "Ya voy" del otro lado, pero se convirtió en una mueca de tristeza cuando la vio abrirle la puerta. Su aspecta era grisáceo, tenía los ojos hundidos y la nariz irritada, pero de todas formas le sonrió y lo invitó a pasar. Él se animó un poco y le ofreció la maseta con el rojo tulipán que le había comprado. Ella lo miró agradecida y se apresuró a ponerlo en el lugar indicado. Dado que vivía sola, aquél lugar siempre parecía demasiado grande para ella, o al menos esa impresión le daba.

- Siéntate donde puedas - le dijo en tono burlón.

Dubitativo, se quedó parado en medio de la sala, mientras trataba de adivinar que contenían las bolsas negras que ocupaban los sillones.

- ¿Te vas a mudar?

- Algo así - contestó ella después de un fuerte estornudo, cubriéndose la nariz con el dorso de la mano - Mamá me pidió que pasara unos días con ella, al menos hasta que me recupere - continuó, con voz nasal.

Contemplar su ausencia otro día lo hizo sentirse tremendamente desdichado, y de pronto se encontró con que las cosas que había planeado decirle ya no servirían para nada.

- Estoy realmente cansada - suspiró ella sacándolo del trance en el que estaba - ¿Me acompañas a dormir?

En otras circunstancias aquella propuesta hubiera tenido mil significados más, pero al ver su rostro agotado supo que sólo poseía uno: Dormir, y nada más. Eso, sin embargo, lo puso muy feliz y sin decir palabra la siguió hasta su cuarto, que pareceía pertenecer a una princesa, por lo que ella, perdida entre los pliegues de una playera XL y sentada a la orilla de la cama mirando al infinito, realmente desentonaba.

Él la contempló calladamente. Le sorprendió lo pequeña que era, pues sus pies ni siquiera rozaban el suelo; se veía tan frágil y enferma que optó por arrodillarse y quitarle los gastados, pero comodísimos tenis que portaba. Ella, como si fuera una muñeca de baterías, giró sobre el colchón hasta quedar boca abajo, abrazó una almohada y con el rostro hundido en ella le pidió que se acostara a su lado. Él rodeó la cama, se quitó los zapatos aún de pie y adoptó la misma posición que ella sobre el colchón, pero mirándola de frente. Su respiración era tan calmada que creyó que ya estaba dormida, cuando, sin abrir los ojos, le dijo:

- He visto a cinco doctores diferentes esta semana, y ninguno atina a saber lo que tengo - entonces lo miró - estoy muy asustada, yo... no quiero... - pero su voz se quebró y empezó a llorar, despacio, como si no tuviera energía para ello.

En el corazón sintió un gran nudo que lo estremeció desde la espalda, y al no saber qué más hacer, la enredó entre sus brazos meciéndola suavemente, y como si fuera una canción de cuna le susurró al oído sin cansarse "Todo va a estar bien, todo va a estar bien... ".

No supo en qué momento se quedó dormido, pero el cuerpo le dolía a mares y le costó mucho acomodarse. En ese instante se percató de que era ella quien ahora lo abrazaba, y de que su piel, antes fría y reseca, ahora se sentía cálida y tersa. Se maravilló al notar que había recuperado su brillo, incluso sus labios... sus labios le provocaron un escalofrío, pues de ellos brotaba, en la comisura de una sonriente mueca, un delgado y prolongado hilo de sangre.

Eran las 6 pm. cuando ella partía en autobús hacia la casa de su madre. Acababan de pasar por la primer caseta cuando se percató de la nota que sobresalía de su cartera.

Recupérate pronto. Te estaré esperando.

La sostuvo largo rato entre los dedos, la regresó a su lugar y sonrió, dichosa de la nueva vida que había adquirido, mienstras el reflejo de la ventana le devolvía la sonrisa.

Principio de ruina (o de qué pasó conmigo)

No tengo absolutamente nada interesante que decir. No me queman las dudas, no estoy sufriendo por amor (falta o exceso de), no padezco de insomnio ni tengo ganas de escribir todas las cursilerías que me vienen a la mente. La inspiración ha abandonado mi cabeza (mi corazón, mi alma, o cualquier sitio donde ella se instale) por lo menos para escribir, por lo tanto decidí subir este dibujo... al menos en esto no ha huído de mí.

Ceguera

No se trata de un reclamo, ni pretendo por ningún motivo que te sientas incómodo, que me mires con recelo o pienses, que al igual que los otros, también yo te juzgo.
Tómalo más bien como la petición de una amiga, un consejo que pretende no atorarse en tus oídos y cimbrar tu corazón. Es que la razón no es lo que me mueve, sino la certeza de que te estás haciendo daño, y por lo tanto me hiere a mí.
Yo sé que te consumes por el rabillo del ojo, que se destila por tus poros la joven ansiedad por tu futuro. Sé que el pulso te tiembla cuando más seguro estás de lo que haces, y que las alas de cera que tan celoso guardas, desatarán huracanes si alguien trata de tocarte.
Sé que las peores cicatrices son las que no me presumes, cuyas historias finges te enorgullecen y relatas cual si de mitos se tratasen.
No hay verdad en tus palabras; yo te he visto vulnerable y aterrado entre mis brazos. Te he observado desde lo alto tratando de no enredarme entre tus redes, pero ahora me evaporo con tu sangre, dispuesta a entregarme a tu viciosa mentira y también cegarme.
Quizá, al clímax de nuestras vidas, sólo quede el brillo de la rosa que adorna mi falange.

Después (Crónica de un matrimonio fallido)

La casa está vacía, y no tengo que encender la luz para saberlo. Entre las sombras, alcanzo a distinguir las cajas que aún no desempaco; como torres decadentes se amontonan en la sala. La mayoría contiene baratijas que quizá le obsequie a la basura, en honor a los años que llevan acumulándose en espera de tiempos mejores... pero ésos nunca llegaron.

Suspiro. Me siento patético recargado en el quicio de la puerta poniéndome melancólico, disfrazado de hombre soltero en un viernes por la noche. Contra toda lógica, me dejé convencer por mis compañeros de ir a un bar y salir de mi absurda abstinencia, pero apenas un tequila y una chica en minifalda con ebria sonrisa me bastaron para desistir. Aún no estoy listo.

Regresé a tu manto, oscuridad, vencido por la desconfianza y más desanimado que nunca, con la líbido destrozada y la vergüenza de mirarme desnudo ante el espejo del baño. No es que me desagrade la imagen que reflejo, es que siento pena por este cuerpo a que le niego el abrigo de una piel femenina.

Ya casi se cumple un año y yo sigo extrañando sus caricias, sus besos dulzones, el jabón con el que se bañaba... ¡Carajo! Si a veces hasta extraño las malditas peleas que cada día eran más frecuentes, ¿cómo no extrañar sus gemidos cuando hacíamos el amor?

La cama es una playa de arena pegajosa demasiado alejada del mar. La cabeza me da vueltas de tanto que me muevo en ella buscando mi lugar. Las sábanas me estorban y en vez de frío siento ese calor seco y asfixiante que no me deja dormir. Todos los días me pregunto cuánto tiempo me falta para acostumbrarme a ésto, cuántas noches más habrán de calmar mis manos las ansias de mi sexo, que llevaba un ritmo ya determinado de íntimo contacto con aquella mujer.

Si me lo preguntan, no fue la carencia de afecto lo que nos orilló al divorcio, sino la falta de entusiasmo hacia nuestra relación. A pesar de que cientos de cosas nos unían, no hubo motivos suficientes para prolongar mi permanencia a su lado. La única chispa que soltábamos quemaba el colchón, y según he comprobado, eso no es igual a salvación.

Lo que se perdió aquel día, aunque estuvo disfrazado de un tratado cortés, jamás he de poder recuperarlo. Extraño a mis hijos, cual si me hubieran robado un trozo de corazón. La extraño a ella, y aún no me hago a la idea de que "nosotros" nunca volverá a ser. Pero sobre todas las cosas extraño mi papel de hombre de familia, de padre de tiempo completo y esposo protector. Ahora sólo soy un eslabón más de lo disfuncional de este país, el ejemplo claro del sueño roto de un final feliz.

Estoy fumando de nuevo, sé que a ella le molesta.

Noche sin luciérnagas

Pues, resulta que no puedo estar contigo más,
Diciembre está llamando y ahora me dejo llevar.
Pues resulta que me voy y es por lo pronto
porque aquí acaba mi vuelo junto a ti,
porque no me verás más y
porque resulta preciso que sigamos separados.

Despedirnos es a un tiempo y con nosotros
un asunto indispensable como el que un día nos unió.
Despedir es devolver la libertad y es
retomarme y caminar sin ir a ti,
y es volver a dibujarnos cuando no está la otra parte
que nos hiciera estrellar.

"Si mi amor" me dices si algo te pregunto
pero tú no me amas ya de tiempo atrás,
lo callábamos pensando que el mundo seguía adelante
porque nunca me decidiría a soltar.

Mi vida, que sé que muy bien que puede que la vida
nunca más destelle igual,
pero en tanto habita el tiempo entre nosotros,
y estas horas que lo dicen todo encuentran su lugar,
buscaré un silencio largo más allá de donde el viento
que hoy me lleva, determine la distancia.

Y recordaré las horas a tu lado,
como el sabor que he probado
nunca se llega a olvidar,
y cuando des más de mil mañanas nuevas,
y aún me ronde tu recuerdo algún presente me traerá,
la resignación y olvido de venturas y momentos
que pasado son y que ya no volverán más.
Y te llevaré conmigo y con mis pasos,
y con ello habré de aprender a vivir,
si bien sé que tú lo sabes ya que tanto lo hemos visto,
todo empieza con nosotros donde vamos.

Mi vida, que queriendo como bien te quise yo
quién se viene hoy a marchar.
Pero cierto es que decir "ya no te amo"
prolongó una despedida que emprendiste tiempo atrás,
y con ella me encamino en esta noche sin luciérnagas
que se abre con las llaves de tu nombre.

Fernando Delgadillo.

Pasado

Sé que no fue escrito para mí, pero me adjudicaré la dedicatoria porque me identifico con este pedacito de otro libro del buen Paco Ignacio Taibo II, ahí va:

"Era una relación pecaminosa. Pinche ángel caído. Era un pecado: acostarse con el pasado. Los que cogen con el pasado mueren, envejecen. Se enamoran de los ayeres y se quedan ahí para siempre, tiesos, congelados, sin poder volver."

... díganmelo a mí.

P.D. Lo sé, parezco niño... ¡y no me importa!

Crónica de un 26 de diciembre.

Era tarde, mis hermanos no estaban en casa, mis padres dormidos en su habitación sin cuarta pared, y yo, como si fuera la mañana del 25 y tuviera 10 años, armaba fascinada un rompecabezas que me regalaron en un intercambio, y miraba el "Rock And Roll All Night" de Kiss (otro regalo, éste de mi cuñada). Todo tenía ese aire de que sería un día común y corriente, de pijama todo el tiempo y re - recalentado de la cena navideña, cuando una llamada lo cimbró todo.

Al otro lado de la línea, la familiar voz de la mejor amiga de mi abuela (que murió hace algunos años) anunciaba que de común y corriente el día no tendría nada, pues su marido, compadre de mi abuelo (fallecido también), había muerto esa mañana en el hospital después de un mes de agonía. A comparación de la muerte de su hija, mi madrina, de quien escribí hace un año en este blog, la muerte de su esposo venía a ser de cierta forma un alivio, para su cansado cuerpo y para su desolada familia.

Esperamos toda la tarde, llegamos al panteón donde lo velaron a las 9:50 pm., su familia llegó a las 12:00 pm. pero su cuerpo les fue entregado hasta las 2:00 am., uniformado como lo vi desde que recuerdo: camisa, pantalón, sudadera y boina. Todo de blanco, las manos cruzadas sobre el pecho, una rosa blanca entre los dedos y las cicatrices imborrables del hospital en la cara. Su esposa y uno de sus seis hijos se acercaron a él, destaparon el ataúd y comenzaron a hablarle como si siguiera vivo, como se le habla a un enfermo en coma con la esperanza de que nos oiga y en algún momento reaccione.

Me acerqué a su cuerpo sin vida un tanto por curiosidad y otro tanto por despedida. Posé mi mano sobre la suya y dejé que su frialdad, más que la de la noche invernal, llenara mis sentidos para soltarlo, para convencerme de que ya jamás volvería a ver sus ojos nublados que percibían sólo siluetas. De ese hombre ya sólo queda el estuche, y hoy, después del medio día, será cubierto de tierra y lágrimas arrepentidas o tristes.

Para mí, él siempre ha sido un buen hombre. No porque haya sido un gran padre, un marido ejemplar o un amigo incondicional, pues para mí es más como un abuelito adoptado; sino porque siempre que nos veíamos tenía nuevas historias que contar, nuevas bromas que hacer, nuevas proposiciones para mi abuela, a quien le prometió que cuando murieran su compadre y su inche vieja (dicho con todo cariño), ellos se casarían y entonces sí Payis, no te la ibas a acabar.

Más que nada, es un hombre al que no podías negarle tu cariño, pues te robaba el corazón cuando al saludarte te pedía ¡ya no crezcas por favor!, y se asía de tu brazo con mucha fuerza para entrar a la casa.

A final de cuentas siempre voy a extrañarlo, aunque sé que ahora descansa en paz, un día nublado o caluroso recordaré su risa y tendré ganas de verlo, y entonces me golpeará en el pecho la estúpida realidad y me sentiré miserable, como me ha pasado con todos mis muertos.

¡Feliz, feliz no cumpleaños!

Debido a un error del Registro Civil (cuya historia tiene en su haber tres versiones diferentes), legalmente nací el 20 de diciembre de 1988 en Guadalajara, Jalisco. En el momento en que me registraron sí vivía allá, pero nací el 14 de diciembre en el Edo. de México, en la clínica 72 cuando aún no terminaban de construírla (cuenta la leyenda que no había vidrios en las ventanas de la sala de maternidad, y eso, sumado a un frío invierno, una diminuta bata de hospital y una familia olvidadiza y desconsiderada, dan como resultado a una madre primeriza confundida y congelada).

Mi madre escribió en la bitácora de mi nacimiento, que cuando me vio por primera vez le ofrecí una amplia sonrisa, cosa muy extraña en un bebé recién nacido. Mi abuelo, que murió cuando yo tenía cuatro años, me sentaba en sus piernas y le maravillaba que me gustara probar la comida amarga o rancia que él adoraba (como quesos muy fuertes) y que sin mucho esfuerzo me hiciera reír a carcajadas. No es raro, entonces, que a los 22 años recién cumplidos, tenga fama de ser una chica muy alegre con una risa escandalosa y contagiosa. A mucha gente eso le desagrada, pero forma parte de mí tan íntimamente como el tamaño de mis ojos o mis problemas ortopédicos.

No cabe duda de que cuando uno no espera nada, lo recibe todo.

He pasado uno de los cumpleaños más bonitos que recuerdo, y lo más emocionante es que los festejos seguirán durante toda esta semana. En el trabajo, por distracción, olvidé contar el por qué festejo el 14 y no el 20, así que mis compañeros pasaron inadvertido el día hasta que se los mencioné, lo cual hace más emocionante la comida del jueves porque me esperan algunas sorpresas según me dijeron.

Creo que nunca me había celebrado por tanto tiempo; es como recibir una excelente noticia después de un día muy malo. Mi emoción es infantil, pero no importa, gozaré de cada día cual si fuera mi primer cumpleaños.


Las felicitaciones por facebook siguen llegando, y la sonrisa tipo Cheshire no desaparece.

Debería ...


Entre los múltiples dolores de mi cuerpo está el del corazón, con su intermitente suspirar a causa de un mal de nacimiento.

A lo lejos vi tu imagen alejándose de mi, pero mis pies se clavaron en el suelo y el impulso de correr fue quebrado por mis miedos.

Escuché tus palabras esa noche y aún no creo lo que dijiste. Si por tí hubiera dado hasta la última célula de mi ser, ¿cómo puedo comprenderte si de mí no pides nada?

Si confío en tu invitación macabra me convertirás en tu verdugo, y yo accederé porque te quiero, porque sueño con que seas feliz, aunque no desee volver contigo.

He llorado, reído, odiado y perdido por tí, me encadené a un martirio porque tu amor era demasiado para mi cuerpo. Ahora estamos muertos y de la tumba escapamos, en este invierno que amenaza con tragarnos si no salimos de aquí, pues en tu muerte estuvo mi condena, pero en tu redención, ¿qué habrá para mi estela?

7 meses

... Ahora que lo pienso, realmente no nos conocíamos.
Eras una sonrisa afable cada mañana (por lo menos de lunes a viernes), y me alegrabas con tu risa aunque de tu brazo andaba otra mujer (amiga mía por desgracia). Por eso todo se volvió secreto, nunca me atreví a insinuar nada, me conformaba con abrazarte en silencio mientras me repetía que no eras para mí ...

La vida, con su extraña manera de actuar, te puso de nuevo en mi camino cuando estaba lejos. En ese momento era yo quien andaba del brazo de un viejo amigo tuyo, mientras tú tratabas de iluminar tu senda con una extraña luz parpadeante. Luego, nos dieron una fuerte patada en el trasero, así que me escapé un fin de semana y nos tomamos un café como si el mundo fuera sólo nuestro, mientras la oscuridad que había en tu mirada me perturbaba y ambos nos sorprendíamos de lo cotidiano que parecía estar juntos.

Lentamente nos fuimos conociendo, compartiendo historias cada noche intentando descubrir si las sospechas eran ciertas, si es que eras tú en quien pensaba y si era yo quien te robaba el sueño.

Recuerdo bien aquella noche de tormenta.

El cielo se hacía pedazos mientras nosotros destrozábamos la cama. No había compromisos, ni ataduras ni promesas, sólo la fantasía de dormir abrazados y sentir por una vez en varios meses que el hueco se llenaba. Lloré en tu pecho esa madrugada, contándote con amargura que había tropezado nuevamente con un amor que nunca me correspondería. Con tus palabras curaste una herida que llevaba mucho tiempo sangrando, aunque nuestra debilidad me hizo caer de nuevo, apartándote de mi vida en lo que fueron los dos meses más tristes que he pasado.

Hay cosas que quizá nunca nos contemos, a veces es mejor cerrar la boca y seguir adelante, pero si algo he de confesarte es que esa decisión fue guiada por mi orgullo herido, que a su vez deseaba cobrar venganza hiriéndote donde más te dolía. Fui muy tonta al pensar que de esa forma me sentiría mejor, pero regresaste a mí justo cuando más te necesitaba, me ayudaste a perdonar los errores del pasado, a entender mis acciones y a darme cuenta de que no había dejado de amarte.

Empezamos al revés, como siempre lo hacemos, pero volviste a conquistarme hasta que justo al mes de reencontrarnos bajé todas mis defensas y te pedí que volviéramos a escribir nuestra historia juntos. El andén del metro, el atardecer nublado, tu rostro iluminado por la alegría y los nervios que me hacían temblar, fueron los ingredientes perfectos para sazonar mis días. Nunca nadie me ha hecho sentir tan única y amada como tú, a nadie he extrañado tanto en tan poco tiempo y nadie ha sido tan importante para mí como tú lo eres. Te has convertido en mi mejor amigo, eres mi alma gemela y quiero compartir mis sueños y cada uno de mis días contigo.

No puedo prometer que esto va a durar para siempre, pero si te prometo que mientras dure tendrás de mí todo el amor que puedo darte, la paciencia que necesitas, un oído atento al cual contarle tus penas y alegrías, y una chica terca y regañona que siempre te dirá "creo en tí, yo sé que puedes lograrlo".
Te amo.
Gracias por cada día que me has regalado.
Felices 7 meses (casi un año, si sumamos los del 2009).

Escape

Sólo quiero mirar otro amanecer con la certeza de que tú estarás del otro lado. Los pensamientos de venganza que me inundan simulan ahogarme entre sus garras mientras mi aliento se ve interrumpido. Quiero correr y no mirar atrás como tantas veces lo he hecho. Quiero mirar a la cara a ese hombre que tanto daño ha hecho y gritarle que es un patético remedo de humano, el dueño de un alma vacía y un corazón quemado, que ninguna de sus disculpas ha sido acertada y que mis sentimientos por él distan mucho del amor. Necesito que me acompañes para no rebajarme a su nivel, para que el odio y la vergüenza que me carcomen no se adueñen de mi cuerpo y pueda fingir como una profesional, para que cuando llegue el momento justo la estocada sea más certera y después de tantos años de soportar su necedad y orgullo, logre ver en su rostro la derrota y pueda sentir en mi piel la libertad.

Puede que haya sido aquel que con su semilla dotó de color, textura y forma a éste ser, pero que yo sepa eso no lo convierte en parte de mi familia.

(Ahora sí estoy furiosa).

Sólo una vez más

Sé bien que no debería estar aquí, que es peligroso quedar al descubierto en esta ciudad iracunda, donde al entrar en un nuevo pasadizo o cruzar cualquier umbral estás poniendo tu vida en venta al mejor postor, al más veloz o al más hambriento. Me repito nuevamente que esto es un error.
Las manecillas andan lentas provocando a mi paciencia, mientras la lluvia cae pesada sobre mi cabeza y se escurre por mi cara lentamente, como queriendo dejar una advertencia que ignoro.
Es aquí donde puedo mostrarme descaradamente, pues las criaturas que deambulan por la noche no le temen a nada, se mofan de las sombras que ocultan sus siluetas, y vigilan desde las azoteas en espera del primer incauto. Bajo la luz tintineante de un viejo anuncio las observo, deseando que no te encuentren si es que acudes a la cita.
Tú tambien conoces los horrores de la noche, incluso sabes que yo soy uno de ellos, sin embargo, aquí vienes nuevamente sin importarte la tormenta, aún sabiendo que el instinto puede traicionarme.
Sonrío.
Tu preciosa figura llena de luz los rincones por los que pasas. Tu rostro revela algo de angustia y resignación, mientras tu cuerpo se agita debajo del abrigo, no por el frío, sino por la expectación.
Te has quedado parada en el lugar de siempre, mirando al suelo con cautela mientras tus manos retiran distraídamente la bufanda que cubría tu cuello.
Ésa es mi señal.
Olvidaste la sombrilla en casa, así que estás tan empapada como yo; sientes el cuerpo pesado y entumido, y te preguntas por un instante si será a causa de la lluvia o de mis brazos a tu alrededor. Apenas suspiraste yo ya estaba detrás de tí, sujetando tu cintura y susurrando a tu oído "Gracias por venir". Cierras los ojos y tu respiración comienza a agitarse; mis manos inician su recorrido casi ritual, gozando del placer que me produce rozar tu cuerpo, detenerme en tus pechos, pegarte más a mí, para finalmente inclinar tu cabeza en mi brazo y llevar mi lengua de tu oreja a la base de tu cuello.
Tus suspiros se han convertido en gemidos, y sin abrir los ojos me suplicas que termine de una buena vez, así que rasgo tu piel con mis colmillos mientras gritas de placer, y siento desmayar tu cuerpo en tanto bebo del preciado elixir carmesí. Me enloquece tu sabor, la urgencia que me provocas, esa sed que me hace repetir sólo una vez más; cuando cedo a mis impulsos y vuelvo a buscarte, vuelvo a necesitar de tí, a romper mis juramentos y a exponernos a ser descubiertos en nuestra forma verdadera. A veces no sé quién le sirve a quién, o en qué momento se transforma el amo en el esclavo.
Un sonido hueco me indica que ya es bastante, que tus venas me han dado todo lo que es humanamente posible sin desfallecer, entonces viene el momento de los amantes, donde me siento parte de tí y a la vez, completamente responsable de tu bienestar. Es entonces cuando me pregunto qué sería de nosotros si nuestros caminos se hubieran cruzado antes de todo esto, qué sería de mí si pudiera tenerte entre mis brazos justo como ahora cada vez que así lo deseara. Es cuando maldigo no haber sido yo aquel hombre que elegiste como pareja, que mi cuerpo sea incapaz de formar contigo aquellos niños que tanto adoras; que tenga que verte sólo en las madrugadas y que jamás podamos ser algo más que amantes, pues así son las cosas.
Así como te veo ahora, tan pálida y callada, es que siento en mis entrañas (o lo que de mí queda) ese odio ciego por necesitarte tanto, esas ganas de liquidarte de una vez y acabar con mi suplicio diario, esa furia con el destino por ponerte frente a mí tan tarde ... Pero a la vez, esa plenitud que me embriaga los sentidos, que me recuerda lo que era estar vivo y me convierte en un ser idiota y extraño. No hay respuesta en las cosas que me provocas, eres mi alimento en todos los sentidos.
La oscuridad está a punto de tragarnos, y yo te llevo a tu casa como si fuera un buen amigo, como si la intimidad no existiera entre nosotros y que si él llegara a descubrinos no le sorprendería. Ignorando incluso a mi sentido de supervivencia, te deposito en tu cama al lado de un cuerpo inerte y ruidoso que al parecer no notó tu ausencia.
Suspiro.
La ironía me parece un mal bocado, y antes de irme me despido con un beso húmedo en tus labios, tratando de borrar el daño y los excesos.
Mañana tendrás jaqueca y te encerrarás fingiendo un malestar extraño, y yo esperaré un par de semanas a que te recuperes del todo, con la esperanza de que vuelvas a aparecer, o que tal vez encuentre otra víctima que me haga olvidar tu sonrisa, y que no me obligue a dejarla viva para volver a saciarme de su sangre cuando mi sed se lo exija.


La noche agoniza, y yo con ella.

La canción del mes

Los momentos más trascendentes de mi vida han estado marcados por alguna canción en particular (imagino que eso le sucede a todo el mundo), sin estacionarse en un género o intérprete en específico. En este instante, mientras ocurre que mi vida parece en calma, la canción que ronda continuamente por mi cabeza es "Land of confusion" de Disturbed, una banda que me gusta desde los 14 y que el escucharlos siempre mejora considerablemente mi humor. Diariamente la toco unas tres veces como mínimo, y lo único que puedo decir es que es tan buena y hasta cierto punto tan emocionante que por eso es la canción del mes.

En junio pasó lo mismo con "A question of lust" de Depeche Mode, pero esos fueron tiempos diferentes, mi corazón aún estaba en duelo luchando contra la decepción. No fue grato, sin embargo, esa melodía me ayudaba a recordar que no importaba el desenlace de lo ocurrido, al final eso también es pasado y los buenos recuerdos nada ni nadie me los quitará.

Ahora mismo vienen a mí montones de canciones que me han dejado cicatriz profunda. Recuerdo que cuando era muy pequeña, papá nos llevaba a mamá y a mí a todos sus viajes, y en la carretera (especialmente de noche o bajo la lluvia) ella cantaba para mantenerme quieta. Claro que eran todas canciones de amor, baladas románticas de cuando ella era adolescente y que yo me aprendía con singular facilidad (hasta la fecha las recuerdo). Una de las más significativas era "¿Quién te cantará?" original de Mocedades según sé, y que cantaba apasionadamente sin saber siquiera qué diablos era hacer el amor (de hecho creía que mamá la había escrito aunque sé que jamás tuvo una guitarra).

Hace poco más de dos años, cuando era una chilanga recién llegada a una tierra hostil con los chilangos, uno de mis más entrañables amigos de la preparatoria me hizo compañía día y noche a la distancia, ayudándome a acoplarme a mi nueva vida, volviéndose algo más que un cómplice mientras uno de mis noviazgos más tortuosos llegaba a su final. Jamás comprenderá el buen Charles lo mucho que le estoy agradecida por ese tiempo, por la ilusión y los ánimos que me ayudó a recuperar, porque igual que "Leaving on a jet plane" su compañía me llenó de esperanza y alegría, aunque las cosas no fueran precisamente felices en ese momento, y lo que ocurrió después sin duda fue un terremoto en nuestras vidas.

(... y hablando de desastres naturales)

"Hope leaves" no sólo es el título de este blog, sino la canción de Opeth que sirvió de inspiración para crearlo. Recuerdo muy bien la noche en que la escuché por primera vez, pues la oí otras cinco veces más y comencé a llorar después de un rato. Fue en un momento de ocio total, aunque la felicidad que me embargaba el reencuentro con mi maestro la convirtió en algo intenso. No fue la única que me mostró esa vez, pero sí la que causó más impacto. No mencionaré lo que sucedió desde ese momento, hace año y medio más o menos, pues de ello he hablado en la mayoría de las cosas que he publicado aquí. Hace tiempo que ya no lo veo, creo que al fin comprendo del todo esta canción...


And I know you'll never return to this place